domingo, 17 de junio de 2018

IV. BLUES DE EL COTO


JENARÍN Y LA MARQUESA

Hace años que Jenarín no gasta en despertadores. El último que tuvo acompañó en su viaje al cubo de basura a las pilas que se le descompusieron en las entrañas, con un cuadro de diarrea de carbono bastante desagradable a la vista; así que se levanta cuando cuadra y nunca cuadra muy temprano. En la puerta de su tapicería cuelga un cartel que reza «mañanas de 9 a 2 y tardes de 4 a 7»; aunque quienes le conocen por el barrio saben que el horario es atrezo comercial, y que para dar con él hay que cruzar la calle hasta Casa Florián y rescatarlo de su copazo de Fundador con anís del Mono. Cuando arranca su jornada y ya se ha embaulado un café solo bien cargado con dos chupitos, se planta delante del taller y levanta la reja de la puerta previniendo el pinchazo lumbar con la mano que queda libre del arreón. Como el escaparate que está a la izquierda de la entrada nunca se desembaraza de su prisión de lamas oxidadas, la fachada semeja uno de esos cuadros barrocos con pícaro de guiño malicioso. En el interior del local la luz escasa se concentra en el fondo, donde coloca la faena en curso y la máquina de coser compone un ara menestral que preside un retrato de la Pasionaria; completan su devocionario comunista una colección de casetes del Coro y orquesta del Ejército Rojo y una bandera soviética de cuatro metros de ancho por diez de largo que, en la versión mítica de bar que resulta de trasegar unos cuantos cacharros [1], ondeó sobre el Reichtag en ruinas. La realidad, que siempre es magra de épica, se encargó de trasladar la asamblea hitleriana de palafreneros al bazar chinorri de la esquina, y en él la mercó por cuatro perras un día que se acercó para ver si Chulín —así lo llama él— tenía un juego de sargentas con que trabar un bastidor recién encolado; allí la encontró enrollada alrededor de un canuto de cartón roído por los bordes y le pareció un retal aprovechable para lo suyo. De ahí a las fantasías bélicas, un paso. En el fondo a Jenarín el comunismo le dice tanto como el budismo, y no es más que una gansada con la que dar carnes a un personaje que se le ha ido de las manos y que vuela por libre desde hace años; Dolores Ibárruri ya estaba plantada en la pared cuando alquiló el local y allí se quedó por pereza que él tiñe de tradición, y las tonadas rusas las exhumó de un arcón al que le encargaron forrar el interior de la tapa y cuyo dueño renegó de ellas.

Nunca pudo decirse lo mismo de las mujeres, que siempre fueron con mucho su militancia más entregada. Altas o bajas, rubias o morenas, tablas o tetudas, jovencitas o maduras, en sus años buenos ninguna pasaba sin un requiebro tunante y más de una acabó enroscada con él entre bobinas de espuma para relleno o sudando medio en pelota sobre un sofá por terminar: la verdad es que el tío era guapetón y divertido. Como el saber popular que aconseja no mezclar olla y polla resbalaba por su mollera como huevo frito en sartén recién estrenada, terminó pasando lo inevitable y su legítima lo pilló en estampa de cariño esto no es lo que parece con la secretaria de un taller de artes gráficas que estaba yendo en dirección hacia la cárcel, donde hoy hay un parquecito que sólo sirve para que los perros se alivien de mayores y menores: presidiarios, cuños de madera y corcho, ex libris de caucho, todo tenía un punto premonitorio que un supersticioso como Jenarín nunca dejaba caer en saco roto cuando se trataba de otros asuntos; pero se trataba de mujeres, y hembras así no se veían todos los días. El caso es que maletas en la puerta y pensión de alimentos para tres críos pequeños; y todo porque una de las compañeras de su mujer se equivocó, llegó una hora antes al trabajo, le dio el cambio de turno a su parienta porque no le apetecía matar el tiempo dando tumbos y ésta tuvo la feliz idea de estirar las piernas y darle una sorpresa. Y sí, le dio una sorpresa. Jenarín no suele hablar de ello; pero las pocas veces que lo hace reparte las responsabilidades entre él por dejarle las llaves de la tapicería a su mujer y la compañera de ésta, ¿desde cuándo un funcioneta llega a trabajar antes de tiempo? Cosas así son las que arruinan un país.

La chica se llamaba Aurora y la verdad es que era un bombón. Labios carnosos, carmín encendido, tez blanca, pelo negro azabache, con uno de esos peinados que dejan melena por delante y rasuran la cabellera por el cogote, como salida de un cómic manga, claro que entonces ni dios sabía lo que era un cómic manga; y curvas y más curvas en perfecta proporción. Era una delicia verla caminar, dando esos pasitos cortos a los que obligan los tacones altos y las faldas que se ciñen por debajo de la rodilla; hasta las mujeres se giraban para mirarla, mitad admiración, mitad envidia. Desde el día de autos en que terminó tapándose las vergüenzas con un recorte de cretona mientras que a gritos el matrimonio feliz dejaba de ser feliz en la antesala para dejar de ser matrimonio, nunca había vuelto a hablar con Jenarín. En una ocasión él intentó un saludo pero ella lo rechazó girando la cabeza, y como Jenarín no comulgaba con la divisa de poner la otra mejilla pues a la mierda. Eso sí; sabía de ella porque en un barrio todo se comenta, y si además de tener negocio abierto desde hace años te pasas la mitad de la jornada de trabajo visitando capillas con tirador de cerveza y todo quisque te conoce, pues terminas enterándote de la talla de calzoncillos de cualquiera.

Aurora había seguido trabajando en el taller de artes gráficas hasta que su patrón se jubiló y el hijo del patrón se encargó de mandar a tomar por el culo en un año y medio lo que a su padre le había costado levantar cincuenta; aunque en su versión de los hechos lo pilló la crisis perfecta. De ahí a un par de asesorías, a dejarse hacer un crío por un pijopera que desde que se acabó la risa nunca quiso saber nada de ella ni del churumbel, a una oficina de seguros, y de ésta a un braguetazo de alivio con un prejubilado de la mina que dijo pa’mí te quiero yo, y que la tiene de peluquería dos días a la semana y de uñas de gel dos días al mes, como a una reina; aunque Jenarín, que no anda muy al corriente del escalafón nobiliario, se refiere a ella como la Marquesa, porque la verdad es que desde que se riza por las cumbres aristocrático–mineras sus gestos han cambiado frescura por rigidez.

De no ser por esa extraña fijación a la hora de mezclar churras con merinas y faldas con faldones, Jenarín siempre fue un tapicero cojonudo capaz de engastar la voluta más inverosímil de cordón en el pliegue más retorcido; si bien es verdad que desde que se divorció perdió todo afán por ganar pasta. No trataba de escamotearle la pensión a su ex; simplemente le faltaba el estímulo. Y cuando a la peña le dio por tirar auténticas obras de arte a la basura para sustituirlas por esos forros que empaqueta Ikea y que hay que montar siguiendo unas instrucciones que vienen en birmano, Jenarín recibió el tiro de gracia. Ahora regenta un negocio de derribo, que mantiene abierto para trampear la renta al casero, agenciarse derivados de cereal, completar cotizaciones a la Seguridad Social y mandarlo todo a la mierda.

Como oficiales primera no quedan muchos, hace un par de semanas la Marquesa se acercó a la tapicería de Jenarín, es decir, cruzó la calle hasta Casa Florián para buscarlo. En un mercadillo de beneficencia en Madrid, había comprado un sofá chéster de tres plazas, con uno de los reposabrazos ajado y el tapizado en terciopelo verde un tanto demodé, y quería darle —palabras textuales— una vuelta a esa cocada. Todo esto se lo espetó sin apearle el usted y sin que Jenarín, sentado en una mesa con el periódico abierto por la sección de sucesos, dejase de colocarse el paquete con la mano oculta, más por un reflejo automático que por salacidad. Cruzaron la calle y entraron en el taller; la impresión general de decadencia hizo que la Marquesa dudase de la rectitud de su idea, pero se reafirmó en ella al observar una butaca de franela que estaba por entregar al cliente, con un paño en cobalto y flores de lis que daba gusto verlo. Como el muestrario de telas que tenía Jenarín no era precisamente el cuerno de la abundancia y ninguna la convenció, éste le sugirió una tienda de telas que estaba relativamente cerca y que él sabía que estaba muy bien surtida. Así lo hizo y se presentó al día siguiente con una chenilla de tono burdeos muy bonita. Cerraron el plazo, ella anticipó la mitad del precio con un talón al portador y acercó su media melena —que ya no era negra ni manga sino caoba y convencional— taconeando con vigor hasta la puerta; allí se giró y dijo: «Jenaro, no me falles». Había pasado un pegote de tiempo pero seguía estando muy buena.

A media tarde del jueves Jenarín se dejó caer por el Sluk, un bar que queda cerca del taller y que se ha convertido en uno de sus refugios de culto desde que lo llevan dos hermanas búlgaras que hablan un español con acento medio asturiano medio eslavo muy gracioso. Se pidió un cubalibre y estuvo ojeando un periódico sin que ninguno de los titulares lo arrastrara a una lectura más atenta. Cuando ya llevaba cuatro copas terminó agarrándose con otro parroquiano, que debía de andar un poco jodido por la eliminación del Barça en la Champions y que le espetó a Jenarín que era un facha por alegrarse de que el Inter le hubiera dado boleta a los culés. Del «mira, gallu, facha lo va a ser tu puta madre» al botellín volando y a una de las búlgaras metida por en medio y la otra llamando a la pasma, no debieron pasar veinte segundos. Jenarín dejó un billete encima de la barra y se despidió pidiendo disculpas a las dueñas.

Como ya andaba bastante pedo y no tenía ganas de ir a casa, se fue a la tapicería. Cerró la reja a medias desde dentro, rescató de su escondite la botella de brandi y le pegó un buen tiento a morro; ya estaba calentito y el encontronazo tabernario terminó por arrastrarlo al pathos de los cantares de gesta. Cogió de una balda con herramientas el radiocasete Sanyo y las cintas del Coro y orquesta del Ejército Rojo, desenrolló la bandera roja y se envolvió con ella. La idea era aviarse una bufanda futbolera, pero como diez metros de largo dan para algo más que una bufanda, se apañó una suerte de toga romana con púrpura de Tiro mal añejado. Como el uso del pasado y el polvo del presente impedían ver bien los botones, tardó en dar con la función de cada uno. Cuando localizó en una de las cintas el inicio del himno de la URSS, lo puso a todo lo que daba el aparato y acompañó la letra a voz en grito. En medio del éxtasis el no tener ni puta idea de ruso es un inconveniente que sólo puede desalentar a los pesimistas; Jenarín cantaba mocosuena, en plan escaramesqui pesqui nesdrabia consomolest, construyendo sobre la marcha un engendro idiomático, con una improbable marca de vodka cada tres palabras. Cuando ya había sonado el himno cuatro o cinco veces y las cuerdas vocales empezaban a pinchar en la garganta, una idea arrasadora surcó su mente: «¡Cago’n dios; la Marquesa me corta los güevos!»

Efectivamente, habían pasado casi dos semanas, faltaba apenas un día para la entrega y la mitad del trabajo por hacer. Después de unas cuantas blasfemias para cortar el vacilón, Jenarín entró en modo profesional. Apagó la música, encendió las luces del fondo, calentó agua para hacerse un café bien cargado y se puso a trabajar concentrado como un robot. Tomó las medidas con cuidado y las llevó a la tela con el patrón rudimentario que resulta de décadas de oficio. Las tijeras eran una prolongación de su mano y sentado frente a la máquina de coser se podría haber dicho de él lo mismo que los indios supusieron de los conquistadores españoles que iban a caballo, que todo era uno. Espumas, husones, trenzas, remaches y botones se plegaban a los deseos de sus manos con la inevitabilidad de un destino mil veces augurado. No paró para comer ni para beber ni para echarse un cigarro; sólo una vez para cambiarle el agua al canario. Trabajó sin descanso durante veinte horas hasta dar la última puntada. Echó un último vistazo para verificar la calidad del trabajo y cuando lo hubo dado por bueno, embaló el sofá con un protector de celofán.

La tarde era luminosa y cuando los mozos que contrata para las entregas sacaron el sofá por la puerta, éste brillaba como un sarcófago egipcio recién restaurado. Cuando los despidió, Jenarín cerró la puerta con llave, se sentó en una butaca grande que tenía para arreglar y se desmayó. Durmió durante horas sin lograr descanso; le atormentaron sueños febriles. En uno de ellos recorría un campo de batalla, buscando a sus tres hijos entre cadáveres y hombres destrozados que gritaban pidiendo auxilio. Cuando por fin localizó a su hija menor, que tenía los brazos extendidos hacia él, no pudo agarrarla porque le faltaban los suyos. La cría lloraba y él le decía que no lo hiciera, que no era para tanto y que ya se los volverían a coser.

El sábado llovió; en el sueño, el tableteo de las ametralladoras se confundió con el martilleo eléctrico de la costura y Jenarín se despertó: era el teléfono. Lo descolgó y la voz de la Marquesa le destrozó el oído. Entre insultos y lamentos y sin dejar que éste pudiese decir ni mu, le ordenó que se presentara inmediatamente en su casa para ver —otra vez, palabras textuales— la puta mierda que había hecho. Dedujo por el léxico y el tono que las posibilidades de follar con ella eran remotas, así que no se apuró. Se aseó un poco en el lavabo del taller. Pasó por Casa Florián y se tomó un pincho de tortilla y un par de cañas para desayunar. Cuando recobró fuerzas se dirigió a casa de la Marquesa, que lo recibió de uñas. Casi a empellones lo condujo al salón y le mostró el sofá. La bronca seguía y los gritos terminaron por despertar al hijo de la Marquesa, que hacía apenas dos horas que había llegado de fiesta. Éste se acercó a la fuente de la algazara y se quedó en la puerta del salón, componiendo con las greñas revueltas y los restos rotos del precinto de celofán que se había liado entre sus pies, una suerte de Nacimiento de Venus. en versión de Boticelli alternativo. Estiró el brazo, desplegó sus dedos amarillentos de tanto fumar petas en dirección hacia el sofá, y cuando el chorreo de su madre remitió por un segundo, exclamó: «¡Jo, mama; qué puntazo!» Y allí, distanciado por años luz de unos gritos que recobraban ímpetu, se quedó absorto contemplando en silencio respetuoso cómo, a través de un desfile de rombos en perfecto capitoné, sobre el respaldo de color rojo sóviet, flameaban rutilantes una hoz y un martillo.
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[1] En casi toda Asturias, dícese del combinado que resulta de mezclar un refresco, generalmente carbonatado, con una bebida espirituosa obtenida por destilación.

domingo, 27 de mayo de 2018

IX. EL CASO SLOANE

[1]

TÍTULO ORIGINAL: MISS SLOANE
AÑO: 2016
DIRECCIÓN: JOHN MADDEN
GUIÓN: JONATHAN PERERA
REPARTO: JESSICA CHASTAIN, MARK STRONG, GUGU MBATHA–RAW, ALISON PILL, MICHAEL STUHLBARG, JAKE LACY, SAM WATERSON, JOHN LITHGOW, DAVID WILSON BARNES, RAOUL BHANEJA, CHUCK SHAMATA, DOUGLAS SMITH, MEGHANN FAHY, GRACE LYNN KUNG, ALI MUKADDAM, NOAH ROBBINS, LUCY OWEN, SERGIO DI ZIO, JOE PINGUE, MICHAEL CRAM, DYLAN BAKER, ZACH SMADU, ALEXANDRA CASTILLO, JACK MURRAY, CHRISTINE BARANSKI, AARON HALE, GRETA ONIEOGOU, CRAIG ELDRIDGE, KEVIN JUBINVILLE.

La película discurre en el Washington D.C. del presente. Elisabeth Sloane (Jessica Chastain) es una directora de campañas de lobby a quien se le encarga la representación de la industria armamentística; su objetivo es tumbar el Proyecto de Ley Heaton–Harris, que dispone la verificación de antecedentes penales y de salud mental de los potenciales compradores de armas de fuego. En contra de lo que esperaban sus jefes, que la consideran una firme defensora del libre comercio, Sloane pone pegas a la misión que se le encomienda; éstas llegan rápidamente a oídos de la competencia y el jefe de la agencia que se encarga de defender el proyecto de ley, Rodolfo Schmidt (Mark Strong), logra convencerla para que cambie de bando. A pesar de que el lobby de las armas está mucho mejor financiado, la determinación de Sloane se contagia a su equipo —salvando la dudosa moralidad de sus métodos— y la aprobación de la ley empieza a parecer posible; esto hará que los rivales dirijan contra ella sus ataques como forma para desacreditar su posición. Cuando sus pesquisas logran desempolvar una irregularidad administrativa que pueden imputarle, moverán pieza para abrir una comisión parlamentaria y arrastrarla por el fango.


Los tres grandes temas que plantea la película son el funcionamiento real de las instituciones representativas, cuáles son los medios legítimos para la consecución de un fin por muy loable que sea y cuáles los costes personales que se asumen. En el primer punto la narración es bastante descriptiva; lo ontológico desplaza a lo deontológico, iluminando ese mundo subterráneo que queda bajo el manto de la retórica, en el que se cuecen las decisiones políticas.

Como es común en todas las democracias representativas —para indignación de quienes han hecho de la indignación su estado natural— el procedimiento legislativo no es puro, es decir, no basta con la mayoría simple para la aprobación de todas las normas. En el caso que nos ocupa, el Proyecto de Ley Heaton–Harris afecta a un derecho constitucional consagrado por la Segunda Enmienda, cual es el de poseer y portar armas, y por tanto requiere que se apruebe en el Senado —que es donde la película plantea la batalla, sin que consten datos sobre el Congreso— por una mayoría cualificada: los partidarios necesitan sesenta votos a favor de cien posibles, mientras que los contrarios pueden conseguir una minoría obstruccionista con tan sólo cuarenta y uno de cien  [2] . Cuando Sloane llega a la agencia Petterson Wyatt (en adelante, PW), que representa a la campaña Brady, parten de una estimación de cuarenta y cuatro senadores en apoyo del proyecto de ley, treinta y cuatro senadores en contra y veintidós indecisos; por tanto, el objetivo nada fácil es conseguir que de esos veintidós indecisos voten a favor dieciséis.


A lo largo de la película se insiste en los episodios de hipocresía administrativa. El relato arranca con el equipo de Sloane representando los intereses del gobierno de Indonesia; en concreto, buscando que se retire un proyecto de ley para aumentar los gravámenes sobre el aceite de palma —que Sloane rebautiza sarcásticamente como impuesto Nutella—. Una de las bazas que juega es sobornar al impulsor del proyecto, el senador Jacobs, con unas vacaciones tropicales para él y su familia en Indonesia. Por supuesto, el Comité de ética del Senado jamás autorizaría que la agencia de lobby Cole, Kravitz & Waterman (en adelante, CK&W) pagase semejante viaje, ni tampoco el gobierno indonesio. Pero hecha la ley hecha la trampa; a Sloane se le ocurre que sean los indonesios quienes financien la operación a través de alguna ONG tapadera y que justifiquen el gasto como un viaje didáctico en el que el senador visitaría supuestamente plantaciones de palma… desde la playa.

En otra operación relacionada con los impuestos comerciales, Sloane pretende retorcer la interpretación del concepto de galleta para que sea encuadrado en él un producto comercializado como Nubizcocho. El interés se explica porque los bizcochos se consideran artículos de lujo y por tanto se gravan con impuestos altos, mientras que las galletas se consideran artículos de primera necesidad y están exentas de impuestos. La trampa estriba en conseguir un informe pericial que acredite la mayor afinidad del producto en cuestión con las galletas que con los bizcochos, con los que sólo se emparentaría por estrategias de mercadotecnia. Todo se encuadra en sus principios de razón práctica: «If you don’t like, you change it.» [3]

La exposición más gráfica de cómo funciona en realidad la política y cuáles son los intereses que verdaderamente mueven a los cargos públicos sale de los labios de la protagonista, que nos sirve, en este punto, de cínico cicerone. En su llegada a PW, la primera reunión con su equipo la emplea en espabilar a los miembros más bisoños: los políticos no representan a los ciudadanos; se representan a sí mismos. Y el primer mandato de quien se representa a sí mismo es renovar su escaño. Como en una democracia representativa ese objetivo no puede cumplirse sin el voto popular, un análisis ingenuo llevaría a pensar que el político atiende en primer lugar a la opinión pública expresada por las encuestas. Error. Las encuestas congelan estados de emoción efímeros que, en porcentaje no desdeñable, apenas logran superar la pereza de inscribirse para la votación y guardar cola el día de los comicios. En la ficción que sustenta la película, los partidarios de las armas son minoría, pero están mucho más motivados; nunca faltan a su cita con las urnas, y eso lo saben los políticos. ¿Cuál es el índice más fiable? El dinero. Si un ciudadano se desprende de un dólar para apoyar económicamente cualquier iniciativa, es que va en serio respecto de ella; por eso el primer objetivo de un lobby es la movilización de las bases para conseguir donaciones a su causa. Como las ONGS que organizan las campañas —quien contrata los servicios de PW es la campaña Brady— están obligadas a publicar sus cuentas, los candidatos tienen un indicador mucho más fiable de cuál es la intención real de voto. Las respuestas a una encuesta de sondeo, firmas en manifiestos de apoyo y clics en las redes sociales representan un compromiso tenue; desprenderse de dinero, un compromiso serio. Esa es la diferencia. Y por eso pinta muy mal para los intereses que representa Sloane: por cada dólar de que dispone la campaña Brady, el lobby de las armas tiene treinta y ocho.

La sociedad que describe la película es fiel a la realidad que conocemos por lo que respecta a la omnipresencia de los medios de comunicación. Por supuesto que la mayoría de las salas de reunión de las dos compañías de lobby tienen pantallas de televisión para estar permanentemente informados del alcance de sus movimientos. Pero también los más humildes espacios públicos se conciben para hacer imposible la evasión. Esa sobre exposición al mensaje informativo hace que éste degenere en una versión circense que, por muy empobrecedora que sea, no está exenta de potencial para los diseñadores de campañas políticas. El votante es celoso guardián de la palabra expresada en público, y ése es el terreno de compromiso al que hay que arrastrar al candidato: forzarle a declarar su parecer sobre todo tipo de cuestiones y que la prensa levante acta.



Una de las primeras presas de Sloane será uno de los indecisos, el senador por Wisconsin, Wallace (Kevin Jubinville). Su estrategia es sencilla pero efectiva: asegurarse de que la prensa acuda a un congreso de médicos en que interviene el senador, infiltrar a un invitado y aprovechar el turno de palabra que se cede al auditorio para colar una pregunta inoportuna que obligue al político a tomar partido. Cuando su hombre de paja toma el micrófono y se sale del guion, los gestos de incomodidad del senador son evidentes; sabe que cualquier cosa que diga le compromete y que no habrá retractación sin coste.


La conciencia de los costes que implica faltar a la palabra dada la experimenta de modo mucho más tangible el senador por Michigan, Hank Badgley (Craig Eldridge). Este político es uno de los primeros que declara su apoyo al proyecto de ley; los sondeos le son favorables y se siente respaldado por sus electores; además su influencia en el Senado es grande y arrastra el voto de otros seis miembros. Cuando recibe en su casa al jefe de campaña de CK&W, Pat Connors (Michael Stuhlbarg), y éste escruta su parecer, el senador es la viva imagen de la seguridad en sí mismo. Sin embargo la visita no es tan amable como aparenta; Connors juega sucio: el hijo del senador aspira a hacer carrera política y se postula para su primer cargo público. Si el senador no cambia su voto, el lobby de las armas está dispuesto a apoyar económicamente la campaña de cualquiera que sea rival de su hijo. La amenaza no es sutil: si cambia de voto, no lo olvidarán; si no, tampoco. Cuando Sloane se entera de que este aval está en el aire, lo primero que pregunta es si tienen grabaciones en las que Badgley prometa su sufragio. Como las tienen, es lapidaria: habrá que recordárselo. El resultado del recordatorio se traducirá en un escrache contra el senador promovido por activistas a través de Twitter. Se juega sucio; nada es gratis. Badgley vuelve al redil reiterando su adhesión incondicional al proyecto de ley y atribuyéndolo todo a un malentendido.



Aunque el aspecto más siniestro para la democracia lo representa la colusión de los intereses económicos, el poder político y los medios de comunicación en detrimento de la ciudadanía. La prensa deja de ser un elemento de control ajeno al sistema para convertirse en un apéndice que fabrica opinión al dictado del poder con un fin manipulador. Cuando se hacen públicos los buenos datos de recaudación de la campaña Brady, el lobby de las armas pasa a la ofensiva a través de uno de los periódicos que controla. La periodista de The Sentinel que entrevista a Sloane, Pru Walsh (Alexandra Castillo), no disimula su desinterés por la opinión de ésta, y dedica todas sus preguntas a insistir machaconamente en un episodio escabroso que la puede comprometer; se ve que la reunión es una mera coartada para justificar un artículo que ya está redactado y en el que pone a Sloane como chupa de dómine.

El segundo punto en el que un lobby debe hacer palanca es la red de confianza del magistrado público. El sistema electoral estadounidense propicia un mayor grado de vínculo del representante con su circunscripción que el de España, donde todo se filtra a través de listas cerradas por los partidos respecto de las que el ciudadano sólo puede decidir la adhesión o el rechazo en bloque, siendo que además los partidos abrevan en los presupuestos generales del Estado. El partido político estadounidense semeja más un cedazo para desechar candidatos inidóneos o con pocas posibilidades que una auténtica maquinaria electoral; corresponde al candidato abastecerla de recursos. Comprometer éstos es comprometer las posibilidades de elección. Por eso Sloane sugiere a Schmidt que se ponga en contacto con dos de los principales donantes con que cuenta la agencia PW; no para que contribuyan con más dinero a la campaña Brady sino para que cierren el grifo a todos los senadores que no aprueben el Proyecto de Ley Heaton–Harris. Y por eso Sloane intenta presionar a los dos senadores indecisos de Virginia a través de una persona relevante de su Estado como Wendy Furniss, presidenta de Harwood Norton, que es la segunda empresa con más empleados en Virginia.

Los medios dispuestos para la consecución del fin están implícitamente incluidos en el parlamento que abre la película. Sloane prepara con su abogado, Daniel Posner (David Wilson Barnes), su comparecencia ante la comisión del Senado que investiga sus manejos, y ensaya una explicación bastante franca de aquello en que consiste su trabajo; tan franca que Posner le aconseja que no lo exprese así: «Lobbying is about foresight, about anticipating your opponent’s moves and devising countermeasures. The winner pots one step ahead of the opposition and plays her trump card just after they play theirs. It’s about making sure you surprise then, and they don’t surprise you.» [4] Muy bien pudiera tratarse de un párrafo extraído de El Príncipe, de Maquiavelo.

El fin es la victoria; Sloane es un ejemplo paradigmático de la cultura del ganador, de la fascinación fetichista por éxito. Es irrelevante que la propuesta a la que dedique sus afanes sea razonable o delirante; hay que defenderlas todas con los mismos medios porque por sí mismas no valen nada. Como la cultura del éxito deriva indefectiblemente en la defensa de causas execrables, ella salva la disonancia moral retorciendo el eslabón más débil del proceso cognitivo, que siempre es, por supuesto, la realidad; así se aferra a cualquier subterfugio que permita ennoblecer su partido. Ésta es la fórmula que le permite, según sus palabras, conciliar el sueño. Su jefe en la agencia CK&W, George Dupont (Sam Waterson), tiene una versión menos mistificada de ella: no necesita causas que le permitan dormir porque sencillamente no duerme; sino que permanece en vela maquinando la forma de ganar.

Cuando en los mentideros del Capitolio circula la noticia de que a Sloane no le hace gracia defender al lobby de las armas, el presidente de la agencia PW, Rodolfo Schmidt, intenta ficharla para la campaña Brady; el interpreta sus recelos como sintonía con el Proyecto de Ley Heaton–Harris. La aborda como si fuese un periodista a la caza de un titular con gancho sobre los lobbys y quienes trabajan en ellos. Sloane define su postura moral de modo confuso: «Conviction lobbyist need only believe in their ability to win» [5] . En esta sentencia lapidaria el objetivo (ganar) sólo puede prosperar sobre la instrumentalización de la razón pura (la capacidad) y la extinción de la razón práctica (los principios); de ahí que Schmidt, apelando a lo que pueda quedar de humano bajo su coraza, reformule ese aforismo en la nota manuscrita que le entrega junto con la oferta por sus servicios: «A conviction lobbyist can’t only believe in her ability to win.» [6]



No se insinúa que el sistema emplee de entrada medios espurios para la consecución de un fin sino que éstos no se desechan de raíz. La primera regla es la preparación y el trabajo, la proscripción de la complacencia y el estudio minucioso de los casos. Cuando uno de los subordinados de Sloane no sabe responder a sus preguntas, ésta ilustra esta exigencia con un chiste que sirve, además, para acreditar su naturaleza descreída: un sacerdote toquetea repetidas veces la rodilla de una monja y ésta le advierte en cada una de ellas: “padre, acuérdese de Lucas 14, 10”. El cura se disculpa, alega la debilidad de la carne, y cuando llega a su celda consulta en una biblia esa cita evangélica: “amigo, ven más arriba y encontrarás la gloria”. Moraleja: hay que estudiar.

Por otra parte, Sloane no es del todo ajena a la formación de ideas políticas. Cuando su jefe en CK&W le impone el caso de las armas, ella alega una postura que se consolidó a raíz de los tiroteos, en algún lugar entre Columbine y Charleston, y que debe compatibilizar con sus principios generales a favor del libre comercio; es decir, tiene una ideología. Lo que ocurre es que su espíritu competitivo y su preparación impiden que esos principios emboten su cerebro. El desenlace es la promiscuidad. Intenta ganarse al feminismo para su causa, y por ello viaja a Massachusetts para visitar a Evelyn Sumner (Christine Baranski), por su ascendente sobre las asociaciones de mujeres. Cuando ésta le echa en cara su falta de compromiso de género, Sloane le espeta que no está interesada por las cuestiones de identidad; en cambio insta a Sumner a que analice los datos de mujeres que mueren por disparos a manos de sus parejas. En el fondo su planteamiento es racional: la causa concreta desplaza a la teórica y la instrumentaliza.

Lo mismo cabe decir de las creencias religiosas. Acude a Michigan para intentar que un sacerdote influyente interceda por el Proyecto Heaton–Harris ante el indeciso senador Hofland —segundo punto: explotar la red de confianza de los cargos públicos—. Cuando termina su entrevista con él, se acerca al retablo de la iglesia y finge un gesto de recogimiento espiritual para ganarse la confianza del prelado; devoción que es rápidamente contrarrestada cuando encara la salida del templo por un movimiento decidido del brazo en señal de victoria, como si acabase de anotar un punto de set en la final del US Open. Si es necesario, se finge.

La hostilidad del entorno laboral desnaturaliza la personalidad; la desconfianza empaña el trato humano, incluso dentro del propio equipo. Sloane conoce bien el perfil de quienes se dedican a su trabajo y no muestra nunca todas sus cartas. En el congreso de médicos al que acude el senador Wallace, el plan A pasa por filtrar en la lista de asistentes a una de sus colaboradoras en PW, Clara Thompson (Meghann Fahy), para que comprometa al senador preguntándole su punto de vista respecto del proyecto de ley. Cuando ve que entre los asistentes también hay peones de CK&W y que han omitido a Thompson en el turno de preguntas, pasa al plan B cuya existencia su equipo ignoraba por completo: Sloane había contratado a un actor para hacerse pasar por un miembro de la Sociedad de Neumología de los EEUU y que sea el quien pregunte. No sólo eso; evita dejar registro contable de sus emolumentos en PW pagando al actor de su bolsillo.

El hecho de que su plan A se desbarate es un indicio bastante razonable de que alguien de su equipo es un topo. En su caza es implacable: señala objetivos falsos y pone vigilancia a todos hasta dar con Cynthia Green (Lucy Owen). Cuando Thompson le pregunta por qué sospechó de Green, Sloane responde que no sospechó de ella, lo que equivale a decir que sospechó de todos.


Esos métodos fraudulentos de los que sabe cuidarse también los emplea llegado el caso. Cuando deja CK&W, invita a todos los miembros de su equipo a seguirla. Unos aceptan; otros no. Pero se cuida de dejar infiltrada a su mano derecha, Jane Molloy (Alison Pill), por si se ve en la necesidad de jugar una baza desesperada. No sólo eso; finge un enfrentamiento con ella para blindar el crédito de Molloy dentro de CK&W, ya que podría estar en entredicho después de dos años siendo su pupila favorita.


Y tampoco le hace ascos a los métodos de vigilancia y espionaje de legalidad más que discutible. El mundo de la política que se nos describe carece de la más elemental de las virtudes cívicas; el cohecho y el soborno conviven con métodos más expeditivos como el chantaje.


La lealtad personal se subordina a la causa, y si es menester, se sacrifica en gambito. Recién llegada a PW, Sloane repara en la competencia de Esme Manucharian (Gugu Mbatha–Raw), especializada en temas relacionados con las armas; no tarda en confraternizar con ella y sonsacarla. Efectivamente esa fijación temática es el resultado de una experiencia traumática en la adolescencia. Sloane valora el factor emocional de su testimonio como una baza potencial; sin embargo Manucharian es reacia al protagonismo. De modo lento pero inexorable, Sloane va aumentando la presencia de ésta ante los medios, hasta que en un debate en TV que la enfrenta (a Sloane) contra Pat Connors, finge un calentón para desviar las cámaras hacia Manucharian desvelando su pasado. Para ésta las consecuencias de asumir un papel principal en la campaña no son baladí: un fanático de las armas intentará asesinarla.




El submundo de los lobbys que dibuja la película es absolutamente deshumanizado, cruel y miserable; y aunque sus partícipes conocen las claves de cómo se toman las decisiones, funcionan las instituciones y a qué intereses económicos obedecen, son víctimas de formas de alienación no menos dramáticas que las del ciudadano ignorante. El entorno social aberrante genera unos costes psicológicos que se plasman de modo nítido en la protagonista, posiblemente agravados por su condición de mujer. Vive en una habitación de hotel —para hacer énfasis en las conspiraciones políticas, se trata del Watergate—, carece de amistades, su vida social se circunscribe al marco teatral del poder público y no se le conocen vínculos familiares. Su deseo sexual se disipa en relaciones por precio, y confiesa al prostituto, Forde (Jake Lacy), su desdén por todos aquellos lazos que frenen su carrera, entre ellos, matrimonio e hijos. Está tan desconectada de la más elemental naturalidad social que encarga a sus subalternos que diseñen plantillas de temas inanes de conversación para abordar con las personas a las que ha de tratar por motivos profesionales; lo que es indicativo de que para ella son simples presas.


Por si eso no fuese ya suficiente, el nivel de exigencia impide cualquier desconexión del trabajo, lo que termina pasando factura a la salud. Sloane es una mujer joven pero padece problemas crónicos de insomnio, se atiborra de pastillas para mantener el ritmo de unas jornadas extenuantes; sigue consulta médica por el teléfono y miente al doctor sobre sus hábitos. Parte del desenlace moralizante de la película no puede comprenderse sin la combinación de alienación y estrés laboral.


Todo el entorno del Capitolio es eminentemente masculino. En las agencias de lobby trabajan muchas mujeres y gozan de buena consideración profesional; algunas de ellas, como la protagonista, en un nivel ejecutivo. Pero los mandos superiores son varones y la inmensa mayoría de los políticos, también. De hecho parece que la progresión en el escalafón corporativo sólo puede conseguirse sobre la base de una cierta desnaturalización de género. Sloane es atractiva y su aspecto físico, sin estridencias, es muy femenino. Sin embargo, entre quienes la tratan, su consideración moral es ambigua. Cuando el equipo de PW pregunta por ella a quienes la acompañaron en su salida de CK&W, Ross (Ali Mukaddam) responde a la pregunta de si ella es la personificación de un cubito de hielo con una respuesta bien gráfica: «She pees standing up» [7] . Y esa misma imagen es la que viene a la cabeza de la feminista Evelyn Sumner cuando se entrevista con ella: «The only thing you are missing is a dick» [8] . Metáforas genitales aparte, la primacía masculina pisa un terreno ideológico que no es del todo firme, como lo demuestran las dudas que tiene el representante de la industria armamentística, Bill Sandford (Chuck Samatha), respecto de la forma de presentarse a Sloane, en su primera entrevista con ella; y todo por una anécdota tan irrelevante como la de haber oído que no es amiga de besos.


Y esa misma vacilación ideológica es la que explica que Sandford haya pensado en la necesidad de que una mujer dirija su campaña de lobby contra el Proyecto de Ley Heaton–Harris: su posición se ha desentendido de la mujer americana estándar y sin ella es imposible sostenerse a medio plazo. Su planteamiento, no obstante, es demencial. Pretende una versión de empoderamiento femenino por la vía de las armas de fuego, que supere la imagen de una mujer que llora ante el féretro de un hijo muerto en un tiroteo por la de una mujer que defiende a tiros a su familia; o por expresarlo con sus palabras: «God created humans and Samuel Colt made then equal» [9] . Desde un punto de vista exclusivamente técnico la idea de Sandford no carece de sentido; no en vano las armas de fuego son el producto refinado de una revolución, la industrial, cuya principal consecuencia fue minorar el factor de la fuerza física como energía de transformación. Una mujer armada sólo por su cuerpo es estadísticamente vulnerable respecto de un hombre; una mujer armada con un fusil de asalto es potencialmente tan letal como pueda serlo un hombre con el mismo equipamiento: la fuerza para apretar el gatillo no es insalvable, y cuando el percutor golpea el fulminante las balas tienen la buena costumbre de no ser sexistas. Ahora bien, ese modo de razonar sólo puede sostenerse sobre una anomalía de base, la de aceptar que la sociedad no existe, bien porque estemos en un estado precivil hobbesiano, bien porque estemos en un estado poscivil apocalíptico. Como ambas hipótesis son escasamente congruentes con los hechos, queda claro que se trata de un argumento falaz al servicio de sus intereses comerciales. Y el embuste es tan evidente que incluso provoca la risa desdeñosa de una mujer tan poco sensible a la perspectiva de género como Sloane.

Cuando alcanzar la mayoría cualificada de senadores parece factible, los armamentistas mueven pieza a la desesperada. La agencia CK&W escudriña todos los casos que pasaron por las manos de Sloane, hasta dar con la instancia que presenta el gobierno de Indonesia a través su ONG tapadera, solicitando permiso parlamentario para que el senador Jacobs viaje al país y se informe de cómo se cultiva la palma y se produce su aceite. Pueden proceder contra Sloane porque es ella la que firma la instancia; lo que deja patente el carácter fraudulento de toda la operación. El siguiente paso es sobornar al senador Ron M. Sperling (John Lithgow) para que promueva la apertura de una comisión de investigación.



El desarrollo de la comisión deja a la luz los niveles de ensañamiento que puede alcanzar el poder —incluso el que se legitima democráticamente— cuando sus colmillos han prendido carne. El objetivo no es el esclarecimiento de los hechos y las mejoras reglamentarias que sean menester para evitar su repetición, sino la destrucción personal del investigado como medio para el descrédito de su partido; así se traen a colación sus tratamientos médicos, vida sexual, etc.

En realidad, Sloane firma la instancia adrede y es su topo, Jane Molloy, quien la encuentra. La jugada desesperada de CK&W es contrarrestada por otra jugada desesperada de Sloane, una suerte de red de seguridad suicida. De seguridad, porque el objetivo último es desacreditar a quienes la hostigan, permitiendo que PW, la campaña Brady y el Proyecto de Ley Heaton–Harris queden indemnes; pero suicida porque implica su inmolación profesional y personal: ella termina en prisión. Lo que nos devuelve al punto más espinoso: ¿Sloane es un personaje moral o inmoral?

Aumentar los controles en el comercio de armas es un progreso social indudable; sin embargo, Sloane recurre a métodos inmorales, quizás porque no pueden ser morales si quieren ser efectivos. La opinión que tiende de ella su abogado, Daniel Posner, no la deja en buen lugar; es la imagen de todo lo que abomina, un baldón para la reputación de la que él considera única agencia de lobby con ética en todo el Capitolio. Opinión que sirve para explicar la que Sloane tiene de PW, y que puede resumirse en que no le extraña nada que siempre pierdan. ¿Por qué se sacrifica entonces? Una interpretación bienintencionada sería que asume un valor superior que lo justifica. No lo creo. A falta de más datos la explicación correcta suele ser la más sencilla; y la película no se cansa en caracterizarnos a un personaje ganador. Sloane llega a un punto en que la derrota es más amarga que la continuidad profesional, que además está en entredicho por puro agotamiento. Necesita una victoria que esté a la altura de su talento; si se acompaña por un efecto catártico —colectivo e individual—, mejor.



El mensaje subyacente refleja una cierta moral conservadora —o progresista naíf, que viene a ser lo mismo—. La ambición personal es considerada con hostilidad, y parece penalizarse con más rigor fuera del que se concibe como su entorno natural, es decir, el masculino. No sólo Sloane vive un género ambiguo. Cuando Molloy presenta su dimisión en CK&W, declara que está más interesada en el mundo académico que en la política y los negocios, que es tanto como decir que no está cómoda en un mundo de hombres y que le gusta la vida más tranquila. El cierre tiene también un punto nihilista que abunda en el conservadurismo. Sloane sale de la cárcel y está sola. Presenta un semblante perdido; quizás un punto de duda respecto del sentido de sus actos. Parece un personaje arrollado por el torbellino de la actualidad. La omnipresencia de lo mediático ha generado, paradójicamente, una sociedad desinformada, irreflexiva, que devora con avidez actualidad pero no la digiere ni procesa, y que es a la postre la mejor garantía de continuidad de todos los vicios que lastran el sistema. La catarsis colectiva no se vislumbra.
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[1] Todas las imágenes están extraídas de El caso Sloane, Depósito legal: M–19105–2017, I.C.A.A: 190816; salvo el cartel promocional, tomado de https://pics.filmaffinity.com/miss_sloane-210263067-large.jpg
[2] Los porcentajes coinciden más o menos con los que el artículo 167 de la CE establece para su reforma sencilla.
[3]  Si algo no te gusta, lo cambias.
[4]  La clave del lobby es la previsión; hay que anticiparse a los movimientos del contrario e idear el contraataque. Quien gana va un paso por delante de sus rivales y juega su baza justo después de que ellos jueguen la suya. Hay que asegurarse de que les sorprendes y de que ellos a ti no.»
[5]  Los lobistas de principios necesitan creer exclusivamente en su capacidad para ganar.
[6]  Un lobista de principios no puede creer exclusivamente en su capacidad para ganar.
[7]  Ella mea de pie.
[8]  Lo único que te falta es una polla.
[9]  Dios creó a los seres humanos y Samuel Colt los hizo iguales.

domingo, 6 de mayo de 2018

VII. LOS ENEMIGOS ÍNTIMOS DE LA DEMOCRACIA. TZVETAN TODOROV (II)

Las dos primeras oleadas de mesianismo democrático dejaron sentir sus efectos fundamentalmente en sus países de cuna o entre los de su órbita cultural. Importa una cierta ligereza afirmar que bien está que los aventureros carguen con las resultas de sus aventuras, porque arrancada la máquina del estrago, ésta nunca distingue entre lunáticos, tibios ni juiciosos. Hubo muchos que advirtieron de las consecuencias funestas que tendría la construcción de concepto de ciudadano a partir de una dialéctica maniquea de buenos y malos, con la atribución por los primeros de un deber–derecho de purificación social; no fueron los suficientes o sus voces fueron ahogadas. No debe extrañar. La voz de la razón siempre es más sutil que la de los sentimientos; no digamos ya, la de las vísceras.

El hecho de que el núcleo de países que contribuyeron a la doctrina moderna de la democracia y los derechos humanos no haya guerreado entre sí en los últimos cincuenta años [11] no debería llevarnos a pensar en la desaparición del mesianismo democrático; a sus formas clásicas ha sucedido un desplazamiento hacia zonas periféricas. El principio de no injerencia en los asuntos internos de otro Estado nunca superó la formulación teórica; en la práctica, las superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial intervinieron siempre que sus intereses lo reclamaron, fuese donde fuese. No obstante, estas acciones nacían lastradas por el unilateralismo y, salvo raras excepciones, no contaban con el respaldo jurídico internacional del que gozan en la actualidad. A esta situación se ha llegado, en gran medida, por el colapso del imperio soviético y la hegemonía internacional de la democracia, que ha desembocado, paradójicamente, en una forma de perversión de sí misma, a saber, su instrumentalización como coartada moral para la injerencia.

Propiciar el advenimiento de la democracia y el respeto de los derechos humanos es un fin loable; hacerlo mediante la guerra ya es más discutible. La primera objeción a esta forma de proceder resulta evidente: hay demasiados países en el mundo donde el régimen político es autoritario y donde se violan los derechos humanos. Las razones que explican la intervención en unos casos y la inhibición en otros son absolutamente arbitrarias y no tardan en teñirse por los intereses de quien actúa. Por otra parte, el medio al que se recurre implica en ocasiones la destrucción casi total del país en cuestión y un reguero vergonzoso de bajas inocentes. No se trata de una deslegitimación genérica de la guerra. Una misma contienda puede ser justa o injusta dependiendo del bando en liza; no puede compararse la posición moral de quien desencadena una guerra de agresión con la de quien se defiende de ésta. Se trata de cuestionar la congruencia de un sistema que ve en la guerra un medio apto para la consecución de un fin aparentemente legítimo, porque ¿acaso son irreversibles las muertes que provoca un tirano y reversibles las que provoca quien lo desaloja? ¿Puede una bomba ser humanitaria? Sólo una brújula moral desnortada permite la lectura de la pregunta sin reparar en el oxímoron.

Dejando de lado las cuestiones morales previas, están los hechos que, de modo obstinado, acreditan el error del planteamiento. La democracia es un sistema político complejo que depende de condiciones económicas y sociales muy concretas, y que no se puede imponer por decreto como si se tratase del sistema métrico decimal o del reglamento del balompié. Los países que sufren las bombas tienden a rebelarse contra quienes supuestamente los liberan, y ya liberados, no suelen aceptar el gobierno de las facciones locales que pasan a controlar el poder, a los que se ve como títeres de las potencias occidentales. El resultado no puede ser más alejado de los objetivos declarados: al poder despótico sucede la anarquía, y los valores democráticos se ven comprometidos durante generaciones al identificarse con el imperialismo y no con la razón. Un buen ejemplo de este proceder lo suministra la Segunda Guerra del Golfo, donde los argumentos invocados apenas pudieron disimular los evidentes intereses estratégicos de las potencias intervinientes, elevados por la administración estadounidense a principios rectores de su política de defensa.

En un documento titulado La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos de América, firmado por George W. Bush unos meses antes de la invasión de Irak, se pueden leer declaraciones tan diáfanas como ésta: «Actuaremos activamente para llevar la esperanza de la democracia, del desarrollo, del libre mercado y del libre comercio a todos los rincones del mundo» [12]. Cualquiera que tenga unas mínimas nociones de historia conocerá de la íntima relación entre desarrollo del capitalismo, libertad de mercado y advenimiento de la democracia. Pero este texto no un ensayo sobre teorías de economía política; es un documento programático para justificar acciones militares. La mezcla deliberada de argumentos de todo pelaje no sirve para legitimar los espurios, sino para prostituir los nobles. Si la inclusión de la democracia entre tal batería argumental ya es forzada, la de la economía de mercado es estupefaciente: ¿se va a hacer la guerra a todo país que no comulgue con ella? Vaya por delante que discrepo radicalmente de las críticas acerbas que recibe la economía de mercado como agente de todo mal; antes al contrario, considero que ha contribuido en mucho al progreso material y moral de la humanidad. Pero el contenido expuesto por la Casa Blanca en tales términos inquieta; y la inquietud se eleva a honda preocupación con la lectura del cierre:

«Tomaremos las acciones necesarias para asegurar que nuestros esfuerzos por afrontar nuestras obligaciones con la seguridad global y la protección de los americanos no se vean afectados por las posibles investigaciones, indagaciones o persecuciones por el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ), cuya jurisdicción no es extensiva a los americanos y no debemos aceptar. Trabajaremos junto con otras naciones para evitar problemas en asuntos de cooperación y operaciones militares, y lo haremos a través de mecanismos tales como acuerdos multilaterales y bilaterales que protejan a los ciudadanos americanos del TIJ.» [13]

Se mezclan sin rubor los intereses particulares con los generales para desembocar en las peores tradiciones mesiánicas: la arrogación de un deber de protección que justifica intervenir en todo lugar del mundo y que, cómo no, escapa de cualquier control de legalidad internacional, cuya sola formulación se tiñe de ilegitimidad. Lo que se está pidiendo, en este caso por el gobierno estadounidense, es ni más ni menos que un acto de fe: somos los buenos; actuamos en pos del bien; no se admiten preguntas. Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Kósovo, Siria, etc.; todos ilustran bien la idea. En la guerra civil, las potencias democráticas occidentales se alían con una facción que, de la noche a la mañana y sin ningún elemento relevante que lo justifique, pasa a definirse como democrática o como pueblo —resulta curioso comprobar cómo, en las funciones propagandísticas, los argumentos del orden coinciden con los de la dialéctica pueblo–antipueblo que postulan teóricos del populismo de izquierdas como Ernesto Laclau—. No nos engañemos. En este registro, Democrático es un eufemismo que vale por “dócil a nuestros intereses”:

«Gracias a sus éxitos tecnológicos, económicos y militares, están convencidas de su superioridad moral y política sobre los demás países del planeta. Deciden pues que su poder militar les otorga el derecho, incluso el deber, de gestionar los asuntos del mundo entero […], de imponer a los países mal considerados los valores que creen superiores y, en la práctica, los Gobiernos que estiman aptos para dirigir la política adecuada.» [14]

Si el mesianismo resulta de un desbordamiento de la idea de progreso, otra de las amenazas para la democracia resulta del desbordamiento del individuo, el ultra–liberalismo. Conviene recordar, antes de continuar, que  la democracia es inconcebible sin el reconocimiento de un espacio personal indisponible por el Estado, o por emplear las palabras de Benjamin Constant:

«La soberanía sólo existe de manera limitada y relativa. En el punto en el que empieza la independencia de la vida individual acaba la jurisdicción de esa soberanía» [15].

Si es la democracia quien crea al individuo como sujeto de acción política, ¿cómo llega éste a comprometer su origen? En las inmediaciones del período revolucionario la independencia individual estaba fuertemente relacionada con libertades que hoy consideraríamos políticas —libertad de culto, conciencia, expresión, prensa, reunión, asociación, etc.—; es con el andar de los años que esta vindicación del individuo salta de órbita, pasando de la política a la economía a medida que ésta empieza a considerarse como una realidad autónoma que conviene desgajar del continuo moral, social y político de la comunidad tradicional, y que alcanza su formulación teórica más refinada en La riqueza de las naciones, de Adam Smith. La prosperidad pasa a ser un objetivo en sí mismo; la autonomía económica individual, su principal valedor; y la comunidad, un factor que entorpece su plenitud.

El liberalismo económico, así entendido, desemboca en una antropología exótica que presenta a un hombre quimérico, por autosuficiente. Un hombre aislado, básicamente solitario, que dirige su atención primaria a las cosas y con ellas entabla relación; y que sólo de forma residual busca relaciones humanas. La sociedad resultante bien semeja un club de adscripción voluntaria del que uno podría darse de baja cuando quisiese. El hombre es un dios menudo que ha creado su mundo en seis días, y que dedica el séptimo, casi por aburrimiento, a indagar en la sensación de alteridad que le provocan sus congéneres.

Sostener que las relaciones sociales son posteriores al individuo y su simple complemento está en contradicción flagrante con los datos que suministran la antropología, la psicología, la historia y cualquier ciencia que haya hecho del ser humano objeto de estudio principal o accidental. Las consecuencias políticas, en todo caso, son evidentes. Como el elemento nuclear de la sociedad es el individuo, el Estado debe limitar su acción a la salvaguarda de los derechos políticos y la seguridad de los ciudadanos. Su cometido exclusivo es impartir justicia y el mantenimiento del orden interior (policía) y exterior (ejército); en lo demás, debe dejar hacer a los individuos y que sean éstos quienes se organicen—laissez faire, laissez passer—. Todo implica un rechazo radical de las políticas voluntaristas que interfieren en el desenvolvimiento de la competencia.

Si el marxismo fabricaba su paradoja superando el determinismo infraestructural que aprisiona al individuo mediante la acción consciente de la militancia, y a partir de ahí el fatalismo devenía puro voluntarismo colectivo, el ultra–liberalismo desanda el camino para fabricar la suya. Al homo economicus está confiada en exclusiva la tarea de hacer medrar la sociedad; a tal punto que éste termina siendo factótum de un destino colectivo prefigurado: si la sociedad no interfiere en la competencia entre los talentos individuales, se logrará el máximo progreso de la mente humana, lo que no deja de ser una versión de la epifanía hegeliana. Si para San Agustín nada deberíamos esperar de dios, para Constant, todo deberíamos esperarlo de la naturaleza, eso sí, por intercesión de los espíritus emprendedores. Es decir, no se penaliza la voluntad sino que ésta sea colectiva:

«Los liberales que abogan por suspender las intervenciones públicas en el ámbito económico no preconizan la pasividad de los individuos, sino todo lo contrario. Los que persiguen sus objetivos con más empeño son los más dignos de elogio. Sólo el Estado debe someterse a las leyes de la Providencia, o a las leyes inflexibles de la historia […], la diferencia entre neoliberales y socialistas no es que unos sean voluntaristas y otros no, sino que el voluntarismo, que comparten, es ante todo individual en un caso, y colectivo en el otro.» [16]

En resumen, tanto en una como en otra visión, el hombre está condicionado por leyes en cuyo conocimiento hay que profundizar: las del determinismo social y las del mercado. Y ambas se asocian a un destino cerrado: la sociedad sin clases y el progreso. Las dos cosmovisiones confían en acelerar su perfección mediante la intervención voluntarista: la colectiva y la individual. Si el marxismo al negar al individuo es incompatible con la democracia por definición, el ultra–liberalismo entra en trayectoria de colisión con ella por su desprecio de la faceta social del hombre, en concreto, de todas aquellas necesidades humanas que no son mensurables económicamente.

En el análisis de su funcionamiento, Todorov hace énfasis en los aspectos negativos que ha traído consigo la globalización de la economía; con especial atención a la confusión entre poder económico y político:

«Gracias a este mercado unificado, un individuo o un grupo de individuos que no gozan de la menor legitimidad política pueden, con un simple clic en el ordenador, transferir su capital a otro lugar o dejarlo en el país, y con ello sumirlo o no en el paro y en la recesión. Pueden provocar problemas sociales o ayudar a rescatarlos. Por lo tanto, son individuos que poseen un enorme poder y que no tienen que rendir cuentas a nadie.» [17]

Y éste en un punto espinoso en que discrepo del autor, que parece concebir la democracia dentro de los confines de la socialdemocracia. Ese mercado global al que se imputa todo mal es el resultado de una evolución tecnológica que ha devenido en factor infraestructural. Lamentarse de él es como lamentarse del cambio de estaciones, del número de tetas en la ubre de una vaca, de los hábitos nutricionales de las abejas o de la trayectoria de la Corriente de Humboldt. Efectivamente esos individuos o grupos de individuos carecen de legitimación política en el sentido filosófico o administrativo del sintagma; pero eso no les priva de toda legitimidad, en concreto, la de velar por sus intereses. Confundir influencia política con repercusión política importa un punto de demagogia. Cuando un inversor retira activos de un país y los traslada a otro y de ello se sigue un perjuicio económico para el primero, hay que tener meridianamente claro cuándo se ha querido extorsionar a un gobierno y cuándo se ha querido preservar la rentabilidad de una inversión. Porque no es lo mismo. Es verdad que los ejecutivos que dirigen hedge funds, fondos buitres y compañías trasnacionales no responden ante la sociedad sobre la que se pueden dejar sentir los efectos de sus decisiones, pero sí responden ante juntas de accionistas preocupadas por su capital. Las desinversiones son una posibilidad que deben valorar los gobernantes que se animan a políticas expansivas del gasto público mal respaldadas por el valor añadido de lo que su país produce o a políticas fiscales agresivas, porque, por suerte o desgracia, el valor ya no está representado por barras de oro que se pueden trabar en una frontera, ni siquiera por billetes, sino por electrones que circulan por fibras de vidrio y ondas de radio. Y con eso debe contar el gobernante por muy loables que sean sus fines políticos declarados.

Sí estoy de acuerdo con el autor en la amenaza que representan aquellos intereses económicos que sin ambages tutelan la vida política de un país, bien condicionando sus inversiones a la concesión de privilegios —me vienen a la cabeza las condiciones draconianas que imponía el Sr. Sheldon Adelson a la C. A. de Madrid para invertir en Eurovegas, y que incluían expropiaciones de terrenos, subvenciones públicas, blindajes fiscales, inaplicación de la ley antitabaco, reformas laborales ad hoc, avales públicos frente a la quiebra, etc.—, bien financiando bajo cuerda campañas electorales u organizándose como grupos lobby.

Ejemplos como éste sirven para ilustrar una de las consecuencias de la globalización, la tendencia a que el desequilibrio de las posiciones contractuales se agrave. Ya no sólo penaliza al particular respecto de la corporación sino a ésta respecto de la que opera trasnacionalmente. Si el liberalismo descansa sobre el contrato y éste presupone libertad, una posición negociadora de absoluta sumisión convierte al contrato en un expediente formulario para blanquear la tiranía privada. El nuevo reto es encontrar el modo de que la ley —su contenido indisponible por contrato, aquel en el que se plasma de modo más nítido el modelo de civilización al que responde— vuelva a ser eficaz:

«Si este tráfico (el de esclavos) se interrumpió un día no fue por la libertad de la que gozaban los agentes de la trata, sino gracias a la intervención, por motivos morales y políticos, de otros agentes de la vida social, y por último de los propios Estados, por lo tanto de la voluntad general. La prohibición de la trata garantizó la libertad de los esclavos, y la ausencia de leyes que la impidieran garantizaba la de los comerciantes, que eran también mucho más poderosos que los esclavos.» [18]

No se insinúa que los desequilibrios contractuales sean equivalentes a la esclavitud, sino que la salvaguarda corresponde a la ley en ambos casos. No obstante, me gustaría apartarme un poco del criterio del autor para aventurarme a una versión menos almibarada de los hechos, que descansa no tanto en la evolución de las ideas cuanto en la mutación de los intereses. Mientras la esclavitud fue indispensable para la productividad de los países que la practicaban, su cuestionamiento nunca dejó de ser un exotismo marginal. Cuando el desarrollo de nuevas técnicas de explotación económica del medio y de ordenación del trabajo convirtió el recurso a la mano de obra esclava en un anacronismo ineficiente, fue cuando ésta se abolió. La historia de EEUU ofrece un buen ejemplo de cómo esta pugna de intereses se traslada a la política y alienta una guerra cruel. Los estados del Norte habían culminado con éxito su revolución industrial; la garantía de productividad del trabajo ya no estaba en la esclavitud sino en la cualificación creciente y en la contratación voluntaria. Por su parte, los estados sureños eran agrícolas, con preponderancia de plantaciones algodoneras, cuya recogida era difícil de mecanizar y dependía de braceros. Esa necesidad de mano de obra no cualificada determinó que la Confederación tuviese una relación de costes y beneficios sobre la esclavitud radicalmente distinta de la Unión. Fue su retraso industrial el que selló su destino; no la inmoralidad de su ideología. Sin embargo, fuera del ejemplo que me parece mejorable, la idea subyacente, tomada de Henri Lacordaire, es impecable: «Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el criado, la libertad es lo que oprime, y la ley lo que libera» [19].

En cualquier caso el ultra–liberalismo distorsiona a conveniencia su deuda con la sociedad. Su concepto de libertad y la consideración del contrato como única fuente de derecho, omiten deliberadamente toda referencia al acervo jurídico que depende de la comunidad en su conjunto y sin el que la libertad y el contrato no serían más que papel mojado o tiranía, dependiendo del grado de fuerza privada que respaldase lo acordado:

«Esta diferenciación (la del vínculo legal que refleja la voluntad colectiva y el contractual que refleja la voluntad particular) consagra el hecho de que determinados valores y normas no proceden de la negociación entre individuos, porque se decidieron anteriormente, antes incluso de que nacieran, y al margen de su voluntad, lo que a su vez nos recuerda que la sociedad no se reduce a la suma de los individuos que la forman, como da a entender la frase a menudo citada de la antigua primera ministra británica, la ultraliberal Margaret Thatcher: “La sociedad no existe” […]. Si el tercer garante desapareciera, volveríamos al reino animal, a lo que erróneamente llamamos la “ley de la selva”, estado en el que sólo cuenta la fuerza. El régimen totalitario es el que más se acerca a él, porque el jefe del Estado no se siente obligado ni por las leyes ni por sus propias promesas, y sólo cuenta su voluntad en cada momento.» [20]

Son muy sugerentes los apuntes de Todorov sobre la formación de las ideas en las sociedades capitalistas, en particular, por su relación con la libertad de expresión; cómo la inviolabilidad de la publicación científica deja paso a unas fronteras artísticas y políticas más difusas, en las que no son admisibles todas las ideas. El terreno tiene de fértil todo lo que tiene de inaccesible. La nota singular de la democracia respecto de otros modelos de organización social es el imperio de la ley sobre la voluntad; es un gobierno de leyes, no de hombres. Ese presupuesto debería llevar indefectiblemente a la abstracción, a la superación de la circunstancia como modo de interdicción de la arbitrariedad; sin embargo, no siempre es posible. Recordemos: el modelo es perfectible; no perfecto. Sobre la naturaleza meta–social a la que parece condenado el arte, nos dice:

«Las democracias liberales contemporáneas consideran que la creación artística exige libertad absoluta, lo que probablemente es una fórmula excesiva, ya que postula una ruptura salvaje entre arte y no arte. O implica una curiosa desvalorización del arte, porque decidimos de entrada que, digan lo que digan, las obras de arte no incidirán en la vida de la sociedad. Paradójicamente, los regímenes totalitarios, que prohibían a algunos pintores y quemaban los libros de algunos escritores, mostraban mucho más respeto por su actividad.» [21]

Quizás esa paradoja se explique por la monotonía cultural que induce el totalitarismo. Cuando toda expresión artística es una forma de propaganda o no es, controlar que no haya creación a contrapelo del dictado gubernamental se vuelve obsesión. Si además tenemos en cuenta que los regímenes totalitarios suelen lograr que la miseria moral se acompañe por la miseria material y que, por tanto, no haya muchas actividades en las que disipar el excedente económico del trabajo porque sencillamente el trabajo no genera excedente alguno, no extraña que sea el propio Estado quien asigne los magros recursos de la sociedad y fije prioridades. No creo que éstas vengan determinadas por su respeto por el arte. Si los sistemas totalitarios pudiesen lograr sus objetivos con pastillas de lavado de cerebro e implantes de memoria, difícilmente recurrirían a que el teatro, el cine y la pintura oficialista dejasen sentir sus efectos de gota malaya.

Es mucho más interesante la posición que el arte ocupa en las sociedades libres, sublimada y relegada a un tiempo, porque ¿quién decide que el arte no tenga influencia en la vida social? ¿No será acaso que tal influencia depende de un componente místico que se aviene mal con el comercio? Téngase presente que la obra de arte tiene que optimar su función como mercadería, tiene que aspirar a su máxima cotización mercantil; de ahí el acento que se hace en su autoría, autenticidad, antigüedad, reproducibilidad, etc. Pero por otra parte, tiene que negarla presentándose como obra, como cristalización de renta pura incontaminada por el trabajo; de ahí que el acto creador prescinda de los requerimientos gremiales que lo trababan en el pasado. El artista no depende de canon o esfuerzo alguno; es artista por una suerte de emanación. El dilema se resuelve mediante la erección de una clerecía validadora: el tropel de comisarios, jurados, críticos y demás guardavallas del negociado. Pero el resultado no se puede lograr sin impostura; el público lego, condenado al trágala, se encoge de hombros ante el nuevo arte para no pasar por bruto, y el artista se desconecta del ciudadano y sus intereses. Todo es artificial; la cultura se convierte en un rito endogámico para que las élites de enterados se reconozcan entre sí, y la sociedad pierde una poderosa arma de dotación de sentido estético, intelectual, moral y político. Y no es sólo por culpa de los mercaderes, ¿cuántos farsantes obtienen pingües beneficios en estampa de artista transgresor? ¡Cómo para forzarles a desmontar el chiringuito!

Desde un punto de vista exclusivamente teórico, comparto la nítida separación que hace Todorov entre ultra–liberalismo y populismo. Como hemos visto el primero amenaza a la democracia agigantando al individuo; el segundo, achicándolo frente a la masa. Sin embargo la práctica tiende a usos mucho más promiscuos donde las fronteras ya no parecen tan claras. A partir de una determinada masa crítica las corporaciones son micro estados, grupos de grupos empresariales, con abundantes ramificaciones e intereses. Es difícil que alguna de sus terminales no se dirija al control de los medios de comunicación, lo que hoy en día significa que en el mejor de los casos fabrica opinión, cuando no, que manipula sentimientos:

«Nuestros imperativos de acción se fundamentan en las informaciones que tenemos del mundo, pero esas informaciones, incluso suponiendo que no sean falsas, han sido seleccionadas, clasificadas, agrupadas y conformadas en mensajes verbales o visuales para llevarnos hacia determinada conclusión en lugar de hacia otra.» [22]

En estos últimos años hemos sido testigos de cómo el empleo de la información es cualquier cosa menos inocente. Una brecha de seguridad en una empresa privada, Facebook, ha comprometido los datos más íntimos de millones de usuarios, de los que otra empresa privada, Cambridge Analytica, se ha servido —está pendiente de dilucidarse si por precio o por piratería— para aplicarlos a campañas de desinformación mediante la selección de perfiles ideológicos y el bombardeo de noticias falsas. En entredicho queda la limpieza de procesos electorales como las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el referéndum de permanencia en la UE del Reino Unido de 2016; ahí es nada.

Una ciudadanía que encuentra en la emoción el único combustible social se cosifica; la sublimación del sentimiento popular tiene por corolario el descrédito de las garantías democráticas más elementales, que empiezan a percibirse por el mainstream ideológico como un engorro prescindible, cuando su función consiste justamente en ser un engorro imprescindible:

«Los movimientos extremistas identifican en la vida pública del país a un responsable de todos sus males y lo señalan para que el pueblo se vengue […] Las fuerzas de extrema izquierda definen al enemigo culpable en el plano social: los ricos, los capitalistas y los burgueses. Para curar la sociedad es preciso vencer a estos enemigos y hacerles “apoquinar”, si no eliminarlos […] La extrema derecha actual se define por su toma de posición xenófoba y nacionalista: todo es culpa de los extranjeros, de los que son diferentes de nosotros, así que echémoslos. Desde este punto de vista, y pese a algunos préstamos pasajeros tomados del vocabulario marxista, un movimiento como la ETA vasca, básicamente nacionalista, se emparenta políticamente con la extrema derecha.» [23]

En el fondo el populismo no es más que un concepto relativamente nuevo para una realidad antigua: la demagogia. Como régimen, ésta carece de naturaleza propia. Es un proteo que depende de las mil y una formas que adopte el demagogo en función de las circunstancias; un artefacto administrativo para canalizar la arbitrariedad. La energía emana de la excitación popular y a ella se llega por la vía de la corrupción: penalizar virtud, principios y ejemplaridad; engatusar con quimeras, envanecer con halagos, comprar voluntades, exacerbar intereses, aplacar con amenazas, dividir la sociedad y, sobre todo, canalizar las frustraciones contra grupos señalados a quienes se va desproveyendo paulatinamente de todo rasgo de humanidad y caracterizando como encarnación de la maldad. El populismo jamás incorpora un verdadero programa de gobierno sino que se agota en un modelo de conquista del poder.

Acierta Todorov cuando señala la deriva xenófoba que invariablemente adopta la demagogia en las sociedades más conservadoras. La sola presencia del extraño galvaniza el miedo a lo desconocido y, en períodos de recesión económica, azuza del fantasma de la depauperación. ¿Qué nexo común permitiría superarlo?:

«Debe considerarse que determinado principio es obligatorio no porque sea de origen cristiano, sino porque forma parte de los principios democráticos, que además tienen más que ver con el pensamiento ilustrado que con determinada tradición religiosa. Sugerir que los que no respetan el cristianismo deben marcharse del país es una extravagancia» [24].

El mundo se ha hecho un lugar pequeño; ninguna época anterior conoció movimientos de personas con la frecuencia e intensidad que se dan hoy por los motivos más dispares, por desgracia y en muchas ocasiones, fatales. Las sociedades democráticas contemporáneas están llamadas a la multiculturalidad. El reto estriba en saber si ésta se verá como oportunidad para el enriquecimiento mutuo o como punto de apoyo para clavar palancas identitarias. No se trata de aceptar un hecho evidente, que en la sociedad hay influencias culturales de lo más variopinto, sino de saber si éstas van a confluir en un cauce común o patrocinar políticas de compartimientos estancos que cohabiten en un espacio físico sin convivir en un espacio moral. En las polémicas sobre el pañuelo y el velo islámico tenemos un botón de muestra:

«Uno de ellos (argumentos) es que el velo integral es un signo de alienación, y que las mujeres que lo llevan se liberarían si se lo quitaran […]: ¿cómo vamos a favorecer la libertad individual sancionando algo que es producto de la libre elección de un individuo? Sin duda podemos lamentar que existan estas prácticas, pero cuando luchamos contra ellas por la fuerza, no ampliamos la libertad de quienes las eligen, sino que la disminuimos, a menos que consideremos que algunas personas no merecen gestionar su vida por sí mismas, que son como menores de edad, enfermos mentales o prisioneros privados de sus derechos, que deben someterse a las decisiones de los demás.» [25]

Nuevamente nos hallamos ante un asunto peliagudo sobre el que no es fácil un fallo concluyente. Me expongo a declarar el mío. Creo sinceramente que, salvo en sociedades donde la xenofobia haya superado un determinado umbral —y no me parece que el presupuesto se cumpla en la Europa democrática a día de hoy—, tales prohibiciones no tienen por objeto dificultar la integración de las minorías religiosas ni hacerles su vida cotidiana más antipática. Si se llega a ellas es porque hay serias dudas de que se cumpla la premisa mayor, a saber, que sean fruto de decisiones libres. Dondequiera que hay libertad, la experiencia demuestra que surge la pluralidad de opinión y conducta. Cuando toda una comunidad se conduce de la misma manera, no es aventurado colegir que se están imponiendo mecanismos de coacción que sin alcanzar eficacia general respecto de la sociedad en su conjunto, sí son tangibles dentro de las minorías en cuestión; hipótesis que nos devuelve a la sentencia de Henri Lacordaire: «Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el criado, la libertad es lo que oprime, y la ley lo que libera». Entenderlo de otra manera es propiciar que la única libertad que se plasme en hechos sea la del imán, marido, hermano o novio, que pueden imponer su voluntad a la mujer sin preguntarle por su parecer. No discuto que haya mujeres musulmanas que tomen esa decisión libremente. El confort que genera una exhibición de arraigo cultural puede ser un estímulo poderoso; pero tampoco debe desdeñarse el gusto que experimenta el individuo al disolverse en el anonimato. Llama la atención, en todo caso, que cualquier asomo de duda se resuelva por sistema en la misma dirección.

Soy consciente de que hay movimientos feministas que denuncian la falta de libertad de las mujeres occidentales para regir su propio cuerpo y destino, y el dictado férreo de las modas y los cánones de belleza. No voy a hacer tesis sobre los efectos psicológicos que estas formas de control social provocan en las mujeres; pero basta con darse un paseo por la calle para desacreditar la idea de que se traduzcan en una imposición insalvable. Comparar lo uno con lo otro es saltar sobre los hechos para salvaguardar los prejuicios ideológicos. El día que todas las mujeres occidentales quepan en la misma talla, se ericen sobre los mismos tacones, se tiñan con los mismos tintes, se implanten las mismas siliconas, etc., será el momento de tales símiles.

Desde mi punto de vista, acierta Todorov cuando señala como causa de la xenofobia la crisis de identidad colectiva a que conducen las revoluciones posindustriales. El extranjero introduce un elemento vívido de dialéctica personal que permite, por reacción, agavillar un sentimiento local que en condiciones naturales —es decir, posindustriales— se mantendría disperso. El populismo actúa sobre este sustrato emocional fértil para llevar a la sociedad a una deducción viciada, a un tránsito perverso de lo abstracto a lo particular:

«¿La verdadera razón de su inquietud es la mayor presencia de extranjeros? Cabe pensar que reside más bien en la acción conjunta de dos procesos de gran envergadura: el ascenso imparable del individualismo y la aceleración de la globalización […]. Pero el individualismo y la globalización son abstracciones intangibles, mientras que los “extranjeros” están entre nosotros y es fácil identificarlos, porque a menudo tienen la piel oscura y sus costumbres son extrañas.» [26]

Como primera providencia que deben adoptar las sociedades democráticas para preservar su carácter estaría desconfiar de las simplezas. Los problemas sociales son complejos por definición, y la complejidad es refractaria a los ensalmos. Unas reglas mínimas para gestionar la diversidad imponen el respeto escrupuloso de las instituciones y de todas aquellas costumbres foráneas que no contravengan de forma clara la ley. Por otra parte, una sociedad sin un vehículo de comunicación efectivo entre sus integrantes es una obra artificial, un cachivache cuyo movimiento dependerá de la cantidad de cuerda que se le dé, y eso no suele ser duradero. Es imprescindible garantizar que todas las personas hablen la lengua del país de acogida: ha de ser una obligación para los inmigrantes y garantizar su aprendizaje gratuito un deber público.

Me gustaría rematar esta entrada con un párrafo del libro referido, que resume muy bien cuáles son los peligros que se ciernen sobre la democracia y sus causas, los retos a que se enfrenta y las consecuencias que acarrearían las malas decisiones. Lo suscribo de punta a cabo, con la humildad de quien reconoce el magisterio de quien sabe bien de lo que habla. No en vano Todorov nació en Bulgaria; creció y pasó su primera madurez bajo el yugo de una tiranía totalitaria; y no ha dedicado energías en blanquear la prosapia de aquéllas que se allegan más a sus postulados: todas son una negación del hombre. Puedo disentir de bastantes de sus opiniones; pero reconozco en su mirada una rara simbiosis: la del intelectual riguroso con la del hombre compasivo:

«Los actuales cambios de la democracia no son efecto ni de un complot ni de una intención malvada, y por eso son difíciles de frenar. Son consecuencia de la evolución de la mentalidad, que a su vez tiene que ver con una serie de cambios múltiples, anónimos y subterráneos, que van desde la tecnología a la demografía, pasando por la geopolítica. El ascenso del individuo, la adquisición de autonomía por parte de la economía y el mercantilismo de la sociedad no pueden derogarse mediante un decreto de la Asamblea nacional ni volviendo a tomar la Bastilla. La experiencia de los regímenes totalitarios está ahí para recordarnos que si pasamos por alto estas grandes líneas de fuerza históricas, nos encaminamos inevitablemente hacia la catástrofe.» [27]
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[11] Aunque ha habido guerras cruentas en Europa durante este período de tiempo, éstas se han localizado en países periféricos geográfica y políticamente. Las guerras de los Balcanes sirven de ejemplo tanto para el intervencionismo militar–democrático de línea más clásica, como para ilustrar los manejos geoestratégicos de las grandes potencias. La RFA, en atención a sus intereses económicos, reconoció inmediatamente la independencia de Eslovenia y Croacia, y apoyó militarmente a ésta. Su desprecio por las consecuencias fue absoluto; al punto de que el entonces secretario de Estado del gobierno estadounidense, Warren Christopher, llegase a hablar de la “particular responsabilidad” de Alemania. Esa misma irresponsabilidad alemana se ha repetido en Ucrania, apoyando, contra un gobierno democráticamente elegido, a una oposición que ya había cruzado el límite que marca el respeto a la ley. ¿Y cuál fue el crimen contra los derechos humanos del presidente Víctor Yanukóvich? Pues rechazar el tratado de asociación con la UE; es decir, una opción política tan legítima como su contraria, y perfectamente reversible en un régimen democrático, que en atención a su juventud necesitaba apoyo, no intrigas. Ucrania vive ahora una guerra civil en el Donbáss, que dejará tras de sí miles de muertos, dos comunidades irreconciliables y, muy probablemente, otro Estado fallido.
[12] Todorov, Tzvetan. Los enemigos íntimos de la democracia (Trad. Noemí Sobregués), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012, pg. 53.
[13] Los interesados disponen de una versión completa del documento en el siguiente enlace:
[14] Todorov, Tzvetan. Op. Cit., pg. 73.
[15] Ibidem, pg. 84.
[16] Ibidem, pg. 89.
[17] Ibidem, pg. 97.
[18] Ibidem, pg. 100.
[19] Ibidem, pg. 103.
[20] Ibidem, pg. 115.
[21] Ibidem, pg. 132.
[22] Ibidem, pg. 135.
[23] Ibidem, pg. 152.
[24] Ibidem, pg. 159.
[25] Ibidem, pg. 162.
[26] Ibidem, pg. 168.
[27] Ibidem, pg. 189.