martes, 20 de diciembre de 2016

XXXIII. VIENTO DE CEDRO

La luz declina su tiempo;
desemboca en un crepúsculo
de razones agotadas,
donde desidia y rencor
son tirano corifeo
que dirige la manada.

No hay garganta, sólo artesa
que con mimo amasa un grito
émulo de la conciencia;
no queda mano tendida,
sólo puño que descarga
un golpe bien estudiado.

Y día tras día avanza
esa desinencia áspera
en que consiste ser hombre;
tanto afán por revestir
entrañas de pedernal
con melindres de piel fina.

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